La contaminación acústica también afecta a la naturaleza

La vida en las ciudades conlleva varios riesgos para la salud debido al acelerado y competitivo ritmo que marca nuestra rutina diaria. Somos afectados constantemente por el exceso de contaminación y una de sus manifestaciones son los niveles de ruido que debemos soportar.

Lo peor de todo es que este problema no nos afecta sólo a nosotros. Según un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad del Estado de Colorado en Estados Unidos, la contaminación acústica afecta la vida de varias especies de flora y fauna y perturba los ecosistemas de las áreas protegidas.

De acuerdo a los resultados, que fueron publicados en la revista Science, el 63 por ciento de las áreas naturales protegidas de Estados Unidos registra ruidos de origen humano que duplican el volumen de los sonidos de la naturaleza. En tanto, en el 21 por ciento de los parques, el nivel de ruido multiplica diez veces a los sonidos naturales.

“El impacto de la contaminación acústica sobre los ecosistemas se ha subestimado”, declara por correo electrónico Rachel Buxton, una de las autoras de la investigación, para quien “falta concientización”.

Los investigadores consideran que el impacto de la contaminación acústica sobre los ecosistemas se ha subestimado debido a que siempre “se lo ha considerado un problema netamente urbano”. Sin embargo, se ha demostrado los efectos negativos que provoca en el mundo natural, donde "altera la distribución y el comportamiento de especies clave, lo que puede tener efectos en cascada sobre la integridad de los ecosistemas".

Esta contaminación reduce la capacidad de los animales de escuchar a sus depredadores acercarse y también provoca interferencias en su apareamiento. Las plantas también pueden verse afectadas cuando se altera el comportamiento de los animales herbívoros que dispersan sus semillas.

Las fuentes de contaminación acústica más importantes son los aviones, las carreteras, las concentraciones residenciales y las actividades industriales y mineras. Pero los parques también se ven afectados por los visitantes que llegan diariamente y con el ruido que provocan alteran la vida rutinaria de los distintos ecosistemas.

Debido a esto, muchas reservas ambientales han decidido crear "zonas de silencio" donde se les pide a los turistas que disfruten de la naturaleza sin hacer ruido.

“Se han aplicado con éxito distintas estrategias para reducir el ruido” en áreas protegidas, destaca George Wittemeyer, director de la investigación, en un comunicado. Entre ellas, “ofrecer servicios de transporte aerostáticos para reducir la circulación de vehículos, crear corredores sonoros en los que el tráfico aéreo se alinee con el de las carreteras o animar a los visitantes a disfrutar de la naturaleza sin hacer ruido”.


Especies en peligro

Aves: Diversos estudios han demostrado que varias especies de aves han tenido que ajustar los sonidos que emiten para comunicarse con el fin de ser oídas por encima de los ruidos causados por las personas.

El carbonero común macho (Parus major, cabeza negra y gran pecho amarillo) cambia la frecuencia de su canto para hacerlo más agudo. Las hembras prefieren frecuencias más bajas a la hora de seleccionar a un compañero, pero estas frecuencias son más difíciles de escuchar a causa del ruido urbano.

Estos machos cantores son, efectivamente, menos atractivos, pero las hembras se aparean con ellos si no hay disponibles cantantes de voces bajas.

Ranas: El croar de las ranas es un ejemplo característico de comunicación acústica en el reino animal. Los machos, y en menor medida las hembras, emiten un variado repertorio de sonidos durante los rituales de cortejo y apareamiento. Pero en algunas especies esta comunicación se ve dificultada por el ruido ambiental.

Un estudio de la Universidad de Melbourne (Australia) ha demostrado cómo la distancia a la que se oyen los machos de una especie se ha reducido de 800 a 14 metros en zonas con ruido de tráfico. En un intento por hacerse oír, los machos han empezado a croar con sonidos más agudos. Pero, como las hembras prefieren los machos que emiten sonidos graves, muchos de ellos se han visto rechazados.

Cetáceos: Los intensos sonidos submarinos pueden provocar problemas para las especies marinas, muchas de las cuales dependen de la audición como un sentido clave para el apareamiento, la caza y la comunicación. Ballenas, delfines o marsopas viven en un mundo definido por la información acústica: utilizan el sonido para comunicarse, navegar y supervisar su entorno, al crear una imagen del mundo que les rodea con claridad 3D.

Por eso, los sonares, así como los cañones de aire usados en la exploración de petróleo y minerales, pueden emitir ráfagas de sonido que viajan cientos de kilómetros. Estos ruidos no sólo pueden interferir su sistema sonar de navegación, sino también dañar su audición.

Plantas: Los ruidos de origen humano alteran el comportamiento de animales de un modo que tiene efectos sobre las plantas, según demostraron en el 2012 ecólogos de la Universidad de Colorado en Boulder y otras instituciones de EE.UU. Observaron cómo algunos ruidos atemorizan a las aves de la especie chara californiana (Aphelocoma californica), que favorecen la dispersión de las semillas de pinos de la especie Pinus edulis.

Por el contrario, los mismos ruidos favorecen a roedores del género Peromyscus, que se alimentan de estas semillas. El ruido, por lo tanto, perjudica la reproducción de los pinos. La investigación estableció que la contaminación sonora puede tener efectos en cascada sobre un ecosistema.

Fuente: Veo Verde / La Vanguardia / Foro Ambiental (17.05.17)

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