Aguas residuales, un problema mundial que aumenta la brecha entre ricos y pobres

¿Hay alguna relación entre las aguas residuales y los derechos humanos? Lamentablemente sí. La contaminación de los recursos hídricos y la falta de una gestión apropiada de las aguas residuales afectan negativamente tanto la salud pública como el medio ambiente y aumentan las desigualdades.

Según el informe publicado por la ONU con motivo del Día Mundial del Agua, cerca de un 80 % de las aguas residuales –también llamadas aguas negras- del planeta se vierten al medio ambiente sin haber recibido ningún tratamiento de saneamiento.

Los vertidos de las aguas cloacales de las viviendas y los originados por la enorme cantidad de actividades económicas e industriales contienen organismos patógenos y otros contaminantes que son causantes de múltiples enfermedades. Alrededor de 3,4 millones de personas mueren cada año por afecciones asociadas a la presencia de residuos humanos en el agua como el cólera, la fiebre tifoidea, la hepatitis infecciosa, la poliomielitis, la criptosporidiosis, la ascariasis y las enfermedades diarreicas.

En el caso de los países desarrollados, los niveles de tratamiento del agua residual alcanzan un 70%. Sin embargo, esa proporción cae a un 38% en los países de desarrollo intermedio y se reduce hasta el 8% en los más pobres. De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), más de 323 millones de personas en África, Asia y Latinoamérica se encuentran en riesgo de contraer enfermedades debido a la creciente contaminación del agua en esas zonas del planeta.

“El creciente volumen de aguas residuales que se vierten a nuestras aguas superficiales es muy preocupante. El acceso a un agua de calidad es esencial para la salud y el desarrollo humano. Ambos están en riesgo si no somos capaces de parar esta contaminación”, declaró la directora científica del PNUMA, Jacqueline McGlade.

La investigación asegura que la presencia de microorganismos patógenos y polución han aumentado en más de un 50% en los ríos de estos tres continentes, especialmente en Asia donde millones de personas consumen agua con arsénico.  

Las carencias en infraestructuras, capacidad técnica e institucional y financiación explican este déficit de tratamiento en los países más pobres, cuya corrección es vital -según los estudios de la ONU- para reducir los daños a los ecosistemas y crear una cultura de reutilización del agua que haga frente a la escasez.


Beber de la cloaca

Actualmente existen muy pocos datos disponibles que ayuden a cuantificar el problema, pero algunas fuentes estiman que más del 80 por ciento de las aguas utilizadas por el hombre se devuelven al medio natural sin ningún tratamiento previo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) esto provoca, entre otros problemas, que cerca de 1.800 millones de personas en el mundo consuman agua contaminada con materia fecal.

Los más afectados por esta realidad alarmante son aquellas personas que viven en asentamientos informales en los márgenes de ríos o subsisten en la periferia de las grandes ciudades, donde tienden a acumularse las aguas contaminadas. A esta lista se le suman también aquellas que deben gestionar el vaciado de sus propias letrinas o fosas sépticas para mantenerlas útiles, sin ninguna protección ni conocimientos de cómo hacerlo.

El acceso al agua es un derecho indiscutible, pero sus beneficios en términos de salud no se pueden garantizar si los excrementos humanos no se almacenan, transportan, eliminan y se manejan de forma adecuada. De acuerdo a un informe del PNUMA, hasta 25 millones de personas están en riesgo de contraer estas enfermedades en América Latina, 164 millones en África y 134 millones en Asia.

En consecuencia, las comunidades más desfavorecidas son –como casi siempre- las más perjudicadas ya que ven limitado su desarrollo y aumentan su pobreza con el incremento de gastos de atención en salud, porque se ponen en peligro sus medios de vida y se reducen su productividad y sus oportunidades educativas. Todo ello tiene un impacto directo en la realización de sus derechos humanos.

Solo saltan las alarmas y se genera un efecto de concientización cuando la contaminación es puntual y a gran escala, como son los accidentes o malas prácticas industriales. Sin embargo, el silencioso impacto de una gestión inadecuada de las aguas residuales a largo plazo y de la contaminación difusa de las ciudades y de la agricultura (grandes cantidades de fertilizantes y pesticidas disueltos en el agua que se infiltran en el terreno contaminando los acuíferos) tiene efectos mucho más devastadores en las comunidades situadas aguas abajo, lejos de la fuente de contaminación, a las que no se presta atención.

Hay quienes aún todavía justifican que la contaminación es una consecuencia inevitable del avance de la civilización. Sin embargo, cómo se puede amparar un modelo de desarrollo donde los beneficios económicos vulneran los derechos humanos, estropea la dignidad de las personas y arremete contra la sostenibilidad del planeta. Ni siquiera debería ser una opción.

La decisión de gestionar o no las aguas residuales no tienen que ser solo una decisión personal o comunitaria, los Estados están obligados a proteger a las personas contra estos abusos derivados de las acciones de cualquier agente, sea cual sea su naturaleza.

Esta realidad ha quedado plasmada en la agenda internacional del desarrollo aprobada por Naciones Unidas que establece como uno de sus Objetivos de Desarrollo Sostenibles para 2030 mejorar la calidad del agua mediante la reducción de la contaminación, la eliminación del vertimiento y la reducción al mínimo de la descarga de materiales y productos químicos peligrosos, la reducción a la mitad del porcentaje de aguas residuales sin tratar y un aumento sustancial del reciclado y la reutilización en condiciones de seguridad a nivel mundial (ODS 6.3).

Este año, el Día Mundial del Agua que se celebra el 22 de marzo, quiere llamar la atención sobre este problema de magnitudes globales, de manera que los esfuerzos de los Estados y de la Cooperación internacional vayan más allá de garantizar el acceso universal a servicios básicos de saneamiento, en particular en los países que ya lo han logrado. Mientras se continúen sin tratar adecuadamente las aguas residuales y sin limitar los focos de contaminación ya sean de la agricultura, la industria o de los asentamientos humanos, se continuarán violando los derechos humanos.

Fuente: El País / EFE / Foro Ambiental (14.04.17)

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